PREÁMBULO
En 2017 se cumplirán los 27 años de Los Tangos del Cuque, en la edición de Monte Sexto (1).
La novedad de este compilado de textos es que los tangos referidos no son del Cuque, sino de diversos autores del que fuera el más extendido género de música, canto y danza en el Río de la Plata.
Si los tangos no son de quien los invoca y, si por añadidura, el lector no identifica a quien vuelve a llevarlos al podio, estaríamos ingresando al campo de la intriga. O, al menos, del misterio. La finalidad, sin embargo, es bien distinta.
Dar conocer, una vez más, algunos de los graciosos textos de Jorge Sclavo (2) es, de cierta manera, un pequeño homenaje esbozado con una sonrisa. Una devolución, en el tiempo, de la que él, con su talento y bonhomía, provocara en nosotros.
CUQUE ACUSA
La pieza que ha de leerse mereció de Jorge Sclavo este título: Juicio en Nuremberg. ¡Nada menos! E indicó, Pobre Fea (Navarrine - Petorossi), dando la señal de una composición que solo la maestría de Carlos Gardel pudo viabilizar.
“Pocas veces, en toda la historia del tango, se pudo ser tan sádico como el autor de esta letra. Este hombre, Navarrine, debió ser juzgado en Nuremberg como cualquier criminal de guerra. ¡Pobre fea! Uno se pregunta, de haber sido linda, ¿se hubiese salvado de Navarrine? No, de haber sido linda, seguramente él la hubiese metido en un cabaret donde se haría drogadicta o borracha, prostituta y contrabandista.
“Procurando que el mundo no la vea/ ahí va la pobre fea/ camino del taller./ Y a su paso, cual todas las mañanas/ las burlas inhumanas/ la hieren por doquier.”
Nótese el cinismo del letrista. Hipócritamente habla de burlas inhumanas, cuando el primero en burlarse es él. Fue él quien ideó una mujer tan, pero tan fea, que debe ocultarse. Sobre todo del letrista, ese sádico criminal de guerra.
“Cuando alguno le dice una torpeza/ inclina la cabeza/ transida de dolor,/ y piensa con amargo desencanto/ por qué se reirán tanto/ de mi fealdad Señor.”
Al letrista ya no le basta con hacerla fea: además la hace estúpida y melodramática. Yo digo: ¿Por qué la saña de este tipo con esa pobre mujer?
“Una noche, su viejita/ en el cuarto llorando la encontró/ y la fea ¡pobrecita!/ la tragedia de su alma le confió:/ Aquel hombre que debía/ conducirla muy pronto ante el altar/ con su amiga Rosalía/ la que ella más quería/ se acaba de escapar…”
Esta acumulación de drama, jamás se dio en la historia de la literatura. ¿Se lo confía a la madre…? Fíjense. La que le dio el ser a la fea (y sobre todo el ser fea) es quien debe recibir la confesión. Esa, donde el que debía conducirla hacia el altar se las tomó con su amiga Rosalía, la que ella más quería. Ahora perdió, no solo el chofer, sino también la mejor amiga; y el tango ahí se abre para que uno suponga: primera hipótesis, la fea no era tan fea si tenía chofer; segunda hipótesis: ella era fea, pero Rosalía no debía ser tan linda. Lo que sí es seguro, es que él no quiere saber nada de Iglesia ni de Registro Civil con Rosalía.
El letrista dice: se acaba de escapar; y ese es el fin de la historia de Rosalía, el chofer y la fea.
El letrista tiene otros planes para la pobre fea:
“Cada vez que la llevan a una fiesta/ en procura de olvido y distracción/ con el último acorde de la orquesta/ en su alma agoniza otra ilusión./ Sus amigas ya todas se han casado/ solo ella está huérfana de amor/ ¡pobre fea! Y ayer le han encargado/ el ajuar de su hermana la menor.”
Ya esto colma la medida. Es impresionante. Estoy seguro que en la fiesta de casamiento la orquesta toca y el cantor entona ¿qué?: Pobre fea. Porque este demonio de Navarrine la deja además solterona, tipo Doña Rosita, seducida y abandonada y encima cociendo el ajuar para su hermana la menor.
“En plena juventud ya estaba vieja/ nunca exhaló una queja/ al ver tanta maldad,/ soportando en su alma sola y mustia/ como una flor de angustia/ la cruz de su fealdad,/ para todos tenía una sonrisa,/ fue noble, fue sumisa,/ su drama nadie vio,/ pero fue tan pesada su cadena,/ tan grande fue su pena/ que anoche ¡se mató!”
Ya del principio uno se temía que Navarrine, el autor, la quería matar. Pero yo, honestamente, creí que no podía atreverse a tanto. Las referencias bibliográficas tangueras de suicidio, son muy pocas, pero hay pocos que se pelen la chaucha así como lo hizo la pobre fea. Le pasó de todo. Hasta que Navarrine le hiciera la letra, ¡pobrecita! Porque él sí que debió morir.
Hoy, estoy haciendo justicia aquí: no hay pobre fea, la fea es la letra de Navarrine, y si hubiese justicia, la cadena, pesada cadena, la cadena bien pesada debían aplicársela a Navarrine.
Y es más: si yo hubiese sido fiscal hubiera pedido la pena de muerte para él. Y a Petorossi, el músico, también lo metía en cana unos años: por cómplice.”
NOTAS:
(*) Expresión acuñada por el autor, en la década de los 90, para la difusión y defensa de la que fuera la más extendida forma musical rioplatense del siglo XX.
(1) Empresa del desexilio del Prof. Álvaro Barros Lémez - Juncal 1470 MVD.
(2) Escritor, actor, director teatral, humorista, ilustrador, creativo publicitario, libretista de radio y de televisión.
Galardonado por el Ministerio de Educación y Cultura, la Intendencia Departamental de Montevideo, la Feria Nacional de Libros y Grabados.
Colaboró en El Popular, Marcha, Peloduro, El Dedo, Guambra, Jaque. Dirigió Misia Dura y ocupó la página de humor en Búsqueda.